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Por Antke Engel-.
Las personas intersexuales cuyo sexo no puede ser claramente
definido como de varón o de mujer han intentado, durante tiempo,
que se hicieran públicas sus experiencias con los tabúes
culturales, la normalización forzada y las prácticas médicas
violentas. Hasta el siglo XX han sido clasificadas como
hermafroditas. El llamado progreso médico no sólo les ha
patologizado sino que adicionalmente les ha “medicalizado” fuera
de la existencia.(1) Hoy han acuñado el término “intersexual”
como una categoría política, con frecuencia tras haber vivido
durante años bajo una asignación sexual forzada.
El cuestionamiento de la rígida construcción binaria del sexo y
de la heterosexualidad obligatoria por el movimiento lgbt y por
la teoría y práctica feminista al menos ha creado un marco
limitado para perspectivas y existencias que no encajan en las
normas de sexo/género. Sin embargo, no existe todavía una
comprensión real, un conocimiento o atención que sea otorgado
suficientemente hacia aquellas personas que problematizan la
realidad sugerida por el modelo corriente de percepción.
Límites de la percepción
El rechazo a su voz y visibilidad por parte de medios o editores
de libros incrementa exponencialmente la ignorancia social que
la gente intersexual experimenta en relación con sus
experiencias cotidianas. ¿Cómo podemos explicar el consistente
rechazo de los medios en relación con este tema? ¿La razón de
que sea tan difícil atraer la atención del público es porque no
se trata de ganar la aceptación hacia una supuesta “diferencia”,
o más bien porque las personas intersexuales nos llevan a
cuestionar la “normalidad del normal”? Incluso dentro de un
contexto feminista, la buena disposición a reflexionar sobre los
propios estándares normativos es limitada y dificulta el
reconocimiento a la posible participación de gente intersexual
dentro de las políticas y movimientos feministas.
Mientras tanto, se pone énfasis en la extensión de las
diferencias de poder y la heterogeneidad entre las mujeres
–denunciando así una categoría unificada como la de “mujer”. Sin
embargo, parece todavía claro quién compone la categoría
“no-mujer”. Equivocar los límites es una provocación no sólo
para aquellas que están proponiendo una acción política en
nombre de las mujeres, sino también para aquellas cuyos análisis
y perspectivas están basadas en la diferencia sexual. Incluso
dentro de contextos feministas queer, donde la
heterosexualidad obligatoria y los constructos normativos de
sexo y deseo están bajo escrutinio, no existe necesariamente un
espacio para las cuestiones intersexuales.
Es bastante obvio que a los medios feministas no les interesa la
mutilación genital como una práctica médica cotidiana realizada
en las sociedades occidentales modernas, mientras contribuciones
–frecuentemente con sesgos racistas- sobre la práctica
“incivilizada” de la circuncisión y mutilación clitoridiana en
algunos países africanos están fuertemente arraigadas en el
repertorio feminista. Si se interesaran, la llamada de atención
de los medios feministas sobre la violenta normalización sexual
que forma parte del marco de la medicina occidental arrojaría
una diferente luz sobre este discurso etnocéntrico y al mismo
tiempo extendería la discusión a un aspecto muy importante del
abuso sexual de niños.
Centrarse en las formas de violencia inherentes a las relaciones
de sexo/género no parece ser una prioridad en este momento. Más
bien, las teorías sobre la construcción y variaciones históricas
del sexo y del género son interpretadas con frecuencia como si
existiera libertad individual en relación con el poder de
definir el sexo y el género. El género es tratado como una
cuestión de gusto o estilo, que es performada en producciones
variables sobre varios escenarios sociales. Solo la falta de
recursos económicos o culturales es reconocida como un factor
que limita al individuo, mientras que los aspectos psicológicos
y físicos de la historia de vida de alguien o las sanciones de
existencia sociales y/o materiales son aparentemente ignoradas.
Pero el discurso sobre la elección individual y las lúdicas
variantes es muy cínico, si nos percatamos de los mecanismos
médicos y sociales de violencia usados para eliminar mediante la
fuerza la ambigüedad sexual de los cuerpos intersexuales dentro
de un marco binario de referencia. Quizá la razón de la continua
ignorancia sobre este tema se explique por el hecho de que
reconocer esta práctica social contra la persona intersexual nos
haría cuestionar la promesa liberadora ofrecida por una visión
no determinante sobre el sexo/género. (2)
Tratamientos médicos impuestos
La patologización del intersexual es la otra cara de la moneda
impuesta por aquellos que se regodean en la ilusión de ser
sexualmente no-ambiguos y celebran los ideales de la llamada
normalidad, la norma. La patologización puede ser entendida así
como un mecanismo retórico y práctico, que sirve para prevenir
que el esquema sexual binario sea cuestionado. Mediante la
conceptualización del fenómeno como una enfermedad y deformidad,
la normalidad es indirectamente reafirmada mediante el
ofrecimiento de supuestas “curas”. Si observamos de cerca los
inmensos efectos excluyentes que son mantenidos firmemente
arraigados al describir la intersexualidad como una enfermedad
que requiere tratamiento, podemos también preguntarnos si no
sería una tarea más fácil si padres e hijos aprendieran a vivir
con la ambigüedad sexual. A la luz del hecho de que esto todavía
no ha sido siquiera considerado como una posibilidad, a una le
queda la firme impresión de que las regulaciones que controlan
la ambigüedad sexual no están hechas para nada en el interés de
aquellas personas afectadas, sino más bien en el interés de
aquellos que desean mantener intacta la presente jerarquía de
relaciones sexuales de cara a prevenir cualquier incertidumbre.
En la medida en que las personas intersexuales se han organizado
políticamente para luchar contra las rígidas normas de
sexo/género, emerge una perspectiva diferente, la cual explica
el funcionamiento histórica y culturalmente variable –aunque
todavía coercitivo- del sexo y género como construcciones
sociales. Esto implica que nuestros modelos de interpretar cómo
la intersexualidad es entendida deben cambiar. En lugar de una
enfermedad, una desviación patológica, que es un fenómeno
médico, la intersexualidad puede ser vista como un fenómeno
social y político: una forma de ser, que al tiempo es “creada”
así como prohibida a través de las normas binarias de
sexo/género.
Una forma totalmente nueva de pensar y vivir es posible si se
empieza con la premisa de que el sistema binario de sexo/género
es un “ideal” social que en realidad solo unos pocos cumplen y
que la necesidad de tal ideal es socialmente definida. ¿Qué
significa esto en relación con las posibilidades y límites de
cambiar las actuales relaciones entre los sexos? ¿Qué significa
si buscamos estrategias políticas, no reducidas a la parodia y a
la mascarada pero tampoco limitadas a un mero reconocimiento
basado en la tolerancia hacia “el otro”?
¿Aceptación o desestabilización?
Si atendemos a las estrategias de representación pública, se
pueden distinguir dos aproximaciones: aquellas que hacen uso de
las políticas minoritarias y demandan reconocimiento del
intersexual como un grupo específico, socialmente oprimido, y
aquellas que buscan desestabilizar la construcción de un “ideal”
llamando la atención sobre la ambigüedad, variabilidad y
contradicciones inherentes en la “normalidad” sexual y de
género. Entre estas dos estrategias existe una tensión, si no
una incompatibilidad: la primera está produciendo una vez más
otra categoría identitaria –un efecto, que es criticado por la
segunda estrategia como una homogeneización problemática. Sin
embargo, todavía tiene sentido desde mi punto de vista, tenerlas
situadas mano a mano en el escenario público en lugar de
esforzarse en decidir entre las dos o proponer una síntesis. Al
menos, si se entiende la política como una discusión continua en
lugar de perseguir la ilusión de una “verdad política”. Todavía
es oportuno reflexionar sobre qué efectos diferentes tienen
estas dos estrategias, a qué intereses sirven, y a qué audiencia
se están dirigiendo –de cara a convertir la tensión en
productividad.
La división médico-científica en varios síndromes de lo que fue
antiguamente denominado hermafroditismo subvierte la comprensión
de lo intersexual como un fenómeno social y político.
Al mantener el principio del “divide y vencerás”, esto hace que
sea casi imposible percibir la opresión y la fuerza
sistemáticamente impuestas. Para contrarrestar este proceso
puede ser útil actuar bajo un nombre común y crear un grupo
social, que posibilite sujetos con voz en lugar de objetos
médicos. Pero una vez más, cualquier movimiento político, que
intente definir lo intersexual como una identidad grupal está
creando una “categoría especial” –incluso si está justificada
por la marginalización impuesta como “anormal” dentro de la
estructura social dominante. Aún así existe una diferencia en
función de si esto se realiza a través del auto-empoderamiento
mediante la reclamación de derechos o siendo clasificado en una
categoría especial. En el segundo caso, aquellos que están en
posiciones de poder hacen uso de su privilegio de negar u
otorgar derechos. Si desde una posición marginalizada existe una
demanda de reconocimiento social, integridad e identidad o, si
se quiere, una denuncia de la injuria y de la fuerza violenta,
esto no significa que estas demandas sean universales,
ahistóricas o fuera de contexto, sino más bien que responden a
concretas necesidades y experiencias. Pueden estar apoyadas
desde una perspectiva relativamente dominante sin asumir que
todo el mundo debe afirmar estos conceptos de reconocimiento,
integridad e identidad.
El privilegio de la normalidad
¿Cómo dirigir nuestra atención crítica hacia las formas en que
funciona la llamada “normalidad”; cómo desarrollar perspectivas
de cambio sin confirmar la estructura jerárquica que mantienen
las leyes y hacia quiénes tienen que estar dirigidas las
demandas? La ignorancia de la sociedad sobre las personas
intersexuales tiene que ver con algo más que la vergüenza y la
incertidumbre cuando nos enfrentamos con el “Otro”, con el otro
siendo completamente integrado como el “otro”, sin alterar el
orden existente de ninguna forma seria. ¿Y qué pasa si, sin
embargo, resulta claro, que la “certeza” de la propia identidad
de un* está basada en la marginalización de otras identidades?
Es de esperar que confrontar la intersexualidad desestabilice la
propia identidad de un* dentro del profundamente enraizado
binario. Se dirige hacia las relaciones de poder y hacia las
fuerzas utilizadas para asegurar la uniformidad social y la
eliminación de la ambigüedad como una forma de mantener la
estructura jerárquica de las relaciones de sexo/género. Aquí es
exactamente donde reside la amenaza hacia la cultura dominante
–pero quizá también la promesa de cuestionar el privilegio de la
normalidad. Solo así existe la posibilidad de formar coaliciones
–y de negociar diferencias de intereses- entre aquell*s que se
sienten “a gusto” con la construcción binaria sexual y aquell*s
que son incapaces o se niegan a encajar en ella. Comprender la
intersexualidad como un producto de una rígida jerarquía sexual
binaria, al tiempo que se la reconoce también como una
experiencia concreta, individual y una forma histórica de
existencia, ofrece la oportunidad de cuestionar y oponerse al
sistema normativo binario de sexo/género.
Notas:
* Este artículo fue originalmente publicado en: Hamburger
FrauenZeitung No. 53, Fall 1997: pp. 26-28 bajo el título “ene
mene meck und du bist weg. über die gewaltsame herstellung der
zweigeschlechtlichkeit.“ Traducción del alemán al inglés: Curtis
Hinkle y Antke Engel; agradecimientos especiales a Nina Schulz.
** Agradezco a Birgit-Michel Reiter por las conversaciones que
tuvimos por teléfono y vía e-mail. Sin estos intercambios
intelectuales y provocadores, no habría podido escribir este
artículo. Aunque he estado comprometida con el proyecto de
desnaturalizar y desestabilizar la rígida jerarquía binaria de
sexo/género durante tiempo, algo me ha alejado de afrontar las
formas de violencia a las que están sujetadas las personas
intersexuales. Estoy agradecida por este cambio de perspectiva.
(1) Incluso si se observa esta cuestión desde un punto de vista
puramente legal, simplemente no hay hermafroditas por más
tiempo. La ley exige que una persona sea o bien mujer o bien
varón –no existe absolutamente ningún espacio para la
ambigüedad.
(2) Lo que puede también explicar el actual desinterés hacia la
violación, el abuso sexual de niños, la pornografía y la
creciente violencia contra lesbianas y gays cuya relevancia en
la construcción del género apenas es discutida.
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