Doc. informativo Nº 1
Marzo 2001



LA TRANSEXUALIDAD COMO FENÓMENO HUMANO

Introducción

Para las personas que vivimos inmersas en esta realidad, como para cualquiera en circunstancias comparables, ser diferentes a la mayoría resulta difícil de explicar, y la conciencia de pertenecer a una minoría dentro de la sociedad humana nos obliga a explicar por qué existimos. Cuanto más se prolonga la falta de explicaciones coherentes y el resultante desconocimiento de nuestra minoría, más tiempo durará el aislamiento social que sufrimos.

Este párrafo podría haberlo escrito cualquier persona perteneciente a un grupo de seres humanos marcado por una diferencia cualquiera: obesos y poliomelíticas, homosexuales, albinos y enanas, patizambos y sordas. Como miembros de esas minorías, todos ellos saben cómo la sociedad trata al que es diferente, con una discriminación que puede llegar al asesinato en según qué lugares o momentos históricos. A fin de evitar o paliar estos efectos, debemos unirnos y hacernos comprender para alcanzar el doble objetivo de resistir a las posibles agresiones y defender nuestra integración social.

Sin detallar estas equiparaciones en la discriminación, las personas transexuales debemos recurrir a exactamente el mismo procedimiento que las demás minorías para salir de ese aislamiento social que llega incluso a confundirnos a nosotros mismos: difundir la información veraz sobre la realidad de nuestra diferencia. Solamente dando a conocer la auténtica naturaleza de la particularidad que nos caracteriza podremos demostrar que las personas transexuales somos seres humanos perfectamente normales, puesto que nada en nosotros nos resta idoneidad alguna para estudiar, trabajar, amar, respetar nuestros compromisos y el ejercicio de nuestros derechos y obligaciones legales, sociales y familiares.

Definición de Transexualidad

Muy brevemente, la transexualidad responde a la definición siguiente: persona cuyo cuerpo tiene las características genético-sexuales opuestas al que considera adecuado y verdadero para ella. Su aspiración, ajena a cualquier psico-patología demostrable, será por tanto la de modificar su cuerpo para lograr la mejor armonía posible con su mente, o, dicho en términos científicos, conseguir que su anatomía coincida lo más posible con su identidad de género. Y no es una elección ni una decisión, sino un hecho que es asumido antes o después por el individuo y sólo se dispone de cierta libertad para determinar cómo y cuándo empezar a realizar la transición, tanto física como social.

Ello implica, lógicamente, que la persona transexual desea integrarse socialmente en el colectivo de género (colectivo ‘hombre’ – colectivo ‘mujer’) que considera el suyo, y por ello encuentra a menudo muchas dificultades. También es cierto, sin duda, que existen múltiples formas de conseguir esta integración, cuya diversidad a menudo es causa de algunas confusiones, tanto para el individuo que las persigue como para la sociedad que las contempla. De estas variedades y confusiones a la hora de conseguir esa integración tratará el Documento informativo nº 2: Transexualidad, transgenerismo y fenómenos afines.

En todo caso, es imprescindible desterrar cuanto antes las famosas frases del tipo “un transexual es un hombre que se siente mujer” / “una transexual es una mujer que se hace hombre”. Estas frases no sólo inducen a confusión, sino que parten de la base que el individuo es y debe ser clasificado por sus órganos genitales en primer lugar y que cualquier modificación posterior es siempre adjetiva y voluntaria. Esto es sencillamente falso. Transexual es sólo un adjetivo, mientras que hombre o mujer, son sustantivos: lo segundo constituye la genuina esencia de la persona, lo primero es el accidente que se pretende corregir, física y socialmente.

La transexualidad en la historia y las culturas. Apuntes básicos

La transexualidad como fenómeno humano ha existido siempre y en todas las sociedades y culturas. Esta universalidad, aunque dista mucho de haberse estudiado a fondo, nos permite como mínimo proponer la hipótesis de que la transexualidad es un fenómeno natural, sobre todo teniendo en cuenta que la proporción de transexuales en el mundo es aproximadamente la misma en todas las culturas, manteniéndose incluso la diferencia aproximada entre la transexualidad masculina y femenina, siendo siempre la primera (mujer a hombre, MaH) menos frecuente que la segunda (hombre a mujer, HaM).

Como es lógico, existen todo tipo de variaciones en los datos. Por un lado, no todas las culturas acogen, aceptan o incorporan la transexualidad y a los / las transexuales de la misma manera. Por otro, la historia muestra un tratamiento muy variable con respecto a la transexualidad y a las personas transexuales, desde un respeto absoluto hasta la absoluta aniquilación. El poder de la mayoría y de la escala de valores predominante en cada momento y lugar han hecho y hacen parecer la transexualidad como algo bueno, malo o regular, frecuente, raro o inexistente. Sin embargo, y al margen de estas variaciones históricas y culturales en la descripción del fenómeno, no existen razones para considerar la transexualidad como algo caprichoso, reflejo de una coyuntura particular o inducido por causas ajenas al individuo. Lo que ha podido cambiar en función de la historia y la cultura es la descripción que se ha dado al fenómeno, pero no su auténtica naturaleza. Y desde luego, nunca se ha podido apreciar ningún caso en que la condición de transexual implicara algún tipo de peligro, trastorno o agresión personal o social.

Transexualidad: ¿fenómeno biológico o social?

Antes de que se produzcan respuestas precipitadas en el lector, permítasenos un chascarrillo: lo más seguro es que quién sabe. Tal y como se encuentra la investigación científica actualmente, es imposible cuantificar con exactitud la parte de nuestro comportamiento --no digamos esencia— que corresponde a nuestra biología y / o al entorno en que nos hemos desarrollado como personas. Sin duda éste será uno de los grandes debates filosófico-científicos del siglo XXI. Es una cuestión irrelevante para unos, crucial para otros, peligrosa incluso... En cualquier caso, el mero hecho de que la pregunta haya surgido merece cierta atención.

La hipótesis biológica

a) Reservas y recelos. Posiblemente debido a que se trata de una aproximación mucho más reciente, despierta muchos recelos, y ello en varios sentidos.
Primero, ha habido ocasiones en que el colectivo de los científicos ha intentado utilizar la determinación de factores biológicos en cualquier campo con la intención –no siempre explícita– de corregirlos, dando por supuesto que existe una forma correcta de ser o de obrar y otra que no lo es. Lógicamente, aparte del conflicto moral implícito en esta presuposición, podría darse a entender que determinados comportamientos o condiciones son patológicas cuando en realidad no lo son. Es lícito por tanto examinar detenidamente cualquier contenido ideológico de esta clase de investigaciones sobre la biología del comportamiento.

Segundo, plantear la existencia de una base biológica en el comportamiento, sobre todo en la cultura occidental, dominada por el ejercicio de las libertades individuales y el libre albedrío, tiende a resultar turbador. Asumir la propia naturaleza y conformarse a ella, dentro de los márgenes de la existencia, no resulta grato a casi nadie, vivimos en una pugna permanente entre pasión y razón, cuerpo y mente, etcétera. El mero conocimiento de las realidades biológicas hasta ese momento desconocidas limita en gran medida –al menos en un plano psicológico– la libre elección en los momentos cruciales de la vida, y ello puede resultar inútilmente angustioso, sin duda alguna. Sin embargo, por otro lado, este conocimiento puede ayudar a revelar que quizá algunas particularidades de nuestra especie han sido generadas por las leyes de la naturaleza y no por un “error humano”, y por tanto puede resultar un hallazgo tranquilizador.

Por último, las ciencias humanas de más reciente aparición, en particular la psicología, la sociología e incluso la lingüística, han tendido a utilizar un enfoque antropocentrista, es decir, basan la descripción de su objeto científico en que todo está provocado por la acción humana tanto a nivel individual como colectivo y negando, por ejemplo, cualquier paralelo relevante entre el mundo animal y el humano. Según estos presupuestos, por tanto, nacemos tamquam tabula rasa –como “cintas en blanco”– y todo lo que somos y hacemos es aprendido, desarrollado y adquirido por la educación y las influencias del medio sociocultural. Este enfoque, como puede deducirse fácilmente, parte de la presuposición de la igualdad entre los seres humanos, que sólo se diferenciarían por factores artificiales. Dado que, evidentemente, los avances recientes en las ciencias de la naturaleza demuestran que la biología condiciona nuestro desarrollo mucho más de lo que pensábamos, estas disciplinas han progresado en el sentido de reconocer estas particularidades naturales previas a la adquisición y desarrollo de superestructuras socioculturales. Está claro, en todo caso, que ambas aproximaciones tienen parte de validez y existe el consenso de que ambas dimensiones, la biológica y la sociocultural / educativa, deben tenerse en cuenta.

b) Los hechos objetivos. Al margen de que nos “guste” o no la investigación de los factores biológicos que pueden condicionar o no la manifestación de la transexualidad, debemos señalar al menos dos hechos naturales que han podido comprobarse y que acaso podrían tener relación con la transexualidad.

La BSTC. Citada convencionalmente con las siglas en inglés, se trata de la Subdivisión Central de la Cama Núcleo de la Estría Terminalis, nombre técnico de un paquete de neuronas localizado en el cerebro. Antes de que la Cátedra de Transexualidad de la Universidad Libre de Ámsterdam llevara a cabo sus investigaciones sobre ella, ya se sabía que esta glándula era de tamaño mucho mayor en los hombres que en las mujeres. La investigación, basada en la disección de varias decenas de cerebros de personas transexuales, revelaba que en todos los casos la BSTC era de tamaño masculino en los transexuales masculinos (MaH) y de tamaño femenino en las transexuales femeninas (HaM).

Aunque sólo se trata de una relación estadística, los investigadores consideran así suficientemente probado que existe un centro de identidad de género en el cerebro, que sería por tanto causa y origen de la identidad de género en el individuo, que en el caso de las personas transexuales sería la opuesta a la del sexo genético.
La hipótesis embriológica. Todavía sin datos 100% fiables y completos, esta hipótesis se basa en el estudio de la transición genética que se produce durante la gestación. Se ha podido comprobar que el embrión, el nasciturus en su primera fase de la gestación, es siempre genéticamente femenino (es decir, de cariotipo XX), mientras que el feto (segunda fase de la gestación), podía ser de cariotipo XX (mujer) o XY (hombre), fase en que se desarrollan los caracteres sexuales del nasciturus. Entre las fases embrionaria y fetal, ha podido observarse una transición marcada por la presencia de una sustancia química que sería la causa de esa diferenciación sexual: si esa sustancia química está presente, el embrión (genéticamente femenino) realiza una transición genética hacia un feto masculino, y de lo contrario, su genética femenina permanece inalterada y el feto que se desarrolla posteriormente será femenino. En el caso que nos ocupa, la hipótesis que se propone es que, suponiendo que esa sustancia química se produjese accidentalmente antes o después de tiempo, o en cantidades mayores o menores, la transición genética y acaso otros caracteres sexuales no visibles pudieran verse parcialmente afectados. Se ha sugerido, por tanto, que estas posibles alteraciones accidentales pudieran ser origen de disforias del género, intersexualidad, transexualidad, etcétera. Nada ha podido confirmar ni precisar esta hipótesis, pero ahí están los datos.

La influencia ambiental

Evidentemente, la sociedad, la cultura y el momento histórico concreto tienen una parte de responsabilidad en la forma en que la transexualidad se socializa. Se ha sugerido que podría haber cierta influencia de la educación en algunos comportamientos de género o incluso en la orientación sexual, pero nunca como causa única.

En el caso concreto de la transexualidad, un niño criado como niña –y viceversa– no se integra nunca adecuadamente en la sociedad como el individuo que la familia ha decidido, y todas sus tendencias naturales se manifestarán tarde o temprano. A este respecto, se conocen casos de castraciones accidentales tempranas de niños que los padres han querido “remediar” haciendo como si hubiesen tenido una niña, pero lógicamente no ha funcionado y aunque castrado el niño creció manifestando su verdadera identidad de género y reclamando el cuerpo que era el suyo. Como es lógico, y lejos de estos casos extremos, la educación y entorno social impuestos en función de los órganos genitales llegan a ser tan poderosa en el individuo como para hacer casi “desaparecer” su verdadera identidad de género.

Sin embargo, debido a lo poco que sabemos sobre la transexualidad y los condicionantes de la identidad de género, hoy por hoy resulta imposible realizar un diagnóstico precoz de la transexualidad aparte de que, en según qué países, puede resultar imposible asesorar eficazmente a las familias con posibles casos de transexualidad en su seno. Y no hablemos ya de los conflictos éticos que esto podría acarrear...

En todo caso, podemos afirmar que nadie se “hace” transexual por influencias externas, sino que se manifiesta en el individuo en edades muy variables, desde la infancia hasta mucho más tarde. Es en ese momento que la sociedad asigna un lugar a la persona transexual, que puede variar enormemente de cultura a cultura, de país a país, de un momento a otro de la historia, incluso de familia a familia. De esta recepción concreta al hecho transexual depende en gran medida el que la persona se desarrolle de forma normal o traumática.

La integración social de las transexuales: la lucha por la normalidad y la igualdad

Desde la noche de los tiempos, si a una persona se le repite constantemente y en todas partes “eres un monstruo”, se lo terminará creyendo y se comportará como tal. Si a una mujer estéril le repites que es inferior por no tener hijos, se convencerá de que vale menos que las demás mujeres. Y si se limitan las posibilidades de desarrollo personal en virtud de una determinada característica física, las personas con esa diferencia pueden llegar a creer que deben aceptar esas limitaciones como justas y necesarias, y ello en detrimento de su dignidad personal. Hasta no hace tanto tiempo, la tradición patriarcal reducía la función de las mujeres al matrimonio y la maternidad o la vida contemplativa en órdenes religiosas, ya que le era negado el acceso a una formación académica, un oficio y por supuesto una independencia económica. Con honrosas excepciones, aquéllas que no podían o se negaban a aceptar estas restricciones, tenían poco más que hacer salvo dedicarse a la prostitución. En estas condiciones, puede deducirse fácilmente qué camino se viene reservando a las mujeres transexuales: si no pueden procrear ni pueden entrar en un convento, por mucho que quisieran, y puesto que el acceso a la formación profesional les es vetada, la elección queda reducida a la prostitución. Las cifras son elocuentes: el 94% de las mujeres transexuales son prostitutas o trabajan de alguna manera en el mercado del sexo. Es sólo el 6% restante el que dispone de una alternativa profesional para salir adelante.

La situación no sería tan grave si la prostitución fuese una más de las muchas profesiones posibles, y si su ejercicio no implicase tan a menudo una separación radical de un entorno afectivo estable, aparte de otros muchos y serios inconvenientes. De modo similar, si otros trabajos, como la de limpiadora, se pagase a razón de 2.500 pesetas / hora como una clase particular de idiomas, por ejemplo, veríamos a muchos respetables padres de familia barriendo escaleras, en lugar de mujeres, inmigrantes y marginados sociales. Queda claro, por tanto, que el motivo de la discriminación de las mujeres transexuales es el mismo que en el caso de las mujeres en general, sólo que multiplicada por dos: primero por no ser hombres, y segundo por no poder integrarse siquiera con pleno derecho a un colectivo ya de por sí discriminado.

Un claro machismo en la integración

Si aquí se habla de los problemas de integración en femenino, soslayando la integración de los hombres transexuales, es por un doble motivo. Primero, por una evidente cuestión de número y de invisibilidad ambiental. Al ser muchos menos y físicamente más “pasables”, los hombres transexuales tienen mayor facilidad para integrarse como hombres “normales y corrientes”. En segundo lugar, no podemos ignorar que el colectivo en que se integran los hombres transexuales es el dominante y más prestigioso, por tanto gozarán del prestigio con él asociado, como si hubiesen “ascendido un peldaño” en la escala social en lugar de “bajarlo”, que sería el caso de las mujeres transexuales. A ellos, por tanto, les resultará siempre más fácil encontrar un trabajo mejor remunerado y / o con más prestigio social, no se les exigirá más responsabilidades que las que libremente decidan asumir, y sólo tendrán las restricciones legales que, en virtud de sus datos registrales, se les imponga. Incluso se ha podido comprobar que, a la hora de realizar los trámites de cambio de nombre en el registro civil, los hombres transexuales sufren muchas menos demoras que las mujeres en la misma situación. Un guiño de complicidad desde el poder, quizá...

Pero no sería justo limitar estas consideraciones a lo socialmente más aceptable o aceptado, aunque sin duda la educación y el entorno sociocultural son muy determinantes. En la integración social de las personas transexuales podemos observar algunas diferencias de actitud colectiva entre los hombres transexuales (MaH) y las mujeres transexuales (HaM). En el primer caso, parece evidente que el peso de la educación recibida como mujeres influye poderosamente en su forma de integrarse socialmente como hombres: dado que conocen por experiencia propia la discriminación de las mujeres en la sociedad, su identidad masculina tiende frecuentemente a eliminar o al menos reducir su actitud discriminatoria hacia las mujeres, aparte de demostrar una marcada prudencia en los pasos que dan en su transición. Por el contrario, el caso de las mujeres transexuales es mucho más errático en su conjunto. Por mucho que exista la intención de llegar a ser “una más” en el colectivo de las mujeres, es frecuente la presentación escandalosa de la transexual femenina, adoptando una imagen de feminidad extrema y llamativa en extremo, y ello no sólo por la contribución interesada de los medios de comunicación, sino a menudo por elección propia.

Parece pues que las mujeres transexuales se “resisten” mucho menos a las más tradicionales convenciones femeninas que los hombres transexuales a las masculinas. No cabe duda de que la relación entre lo que se ofrece y exige para esta integración favorece mucho más a los hombres que a las mujeres transexuales, y ésa bien podría ser la razón de la radical diferencia entre la imagen de uno y otro colectivo. Conviene pues reflexionar sobre esta cuestión, tanto desde el colectivo transexual como desde el resto de la sociedad a fin de que, entre todos, consigamos un desarrollo armonioso, libre y no traumático de las personas transexuales.

Conclusión

La transexualidad como fenómeno humano no es causa en sí misma de ningún trastorno a nivel individual ni social, siempre que las condiciones óptimas para la transición e integración de las personas transexuales puedan garantizarse. No elegimos ser transexuales como si de una religión, oficio o afición se tratase, sino que asumimos lo mejor que podemos nuestra condición para empezar una vida mínimamente feliz. Somos, por tanto, ciudadanos perfectamente sanos y responsables, cuyas excentricidades –cuando objetivamente se demuestren como tales– podrán deberse a particularidades personales o acaso a traumas y / o trastornos de la personalidad causados por el estrés ambiental, muy variable en su intensidad y efectos según los casos, pero que sin duda puede hacer de nosotros algo que en realidad no somos ni queremos ser.

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